Descubre cómo afecta la lluvia al viñedo

¿Cómo afecta la lluvia al viñedo? Nos lo cuenta el refranero 

La lluvia en el viñedo es imprescindible, puesto que el agua es el vehículo que transporta los nutrientes que la vid, como cualquier otra planta, necesita para su desarrollo. Pero no toda el agua es bienvenida. Hablemos sobre cómo afecta la lluvia al viñedo.

Que llueva puede resultar desde muy beneficioso a francamente dañino en función de la época del año en que suceda y de lo copioso que sea el chaparrón. Por ello, te explicamos cómo afecta la lluvia en el viñedo en este post.  

Como no depende de la voluntad humana, mantiene en vilo durante todo el año a los viticultores, que tan sólo disponen de estadísticas y de la sabiduría popular para intentar prever la pluviometría del año.  

Si quieres saber cuándo y en qué medida viene bien esta lluvia sobre el paisaje de cepas, sigue leyendo. Te lo explicamos con el respaldo de nuestro refranero patrio. 

“La lluvia de enero vale dinero” 

Observando el refrán es fácil colegir que los inviernos lluviosos favorecen la calidad vitivinícola. El agua caída durante estos meses permite la acumulación de reservas hídricas en el subsuelo, muy útiles para cuando la planta la necesite a partir de primavera.  

La presencia del líquido en las capas profundas del terreno facilitará una brotación rápida de las vides en los próximos meses, asegurando su vigor. Si, por el contrario, se atravesase una sequía invernal, las plantas retoñarían lentamente y de modo desigual. 

“En abril, aguas mil”  

Mientras que en invierno la lluvia siempre es propicia, a partir de la primavera puede ser un problema. Habrá que estar muy pendientes del cielo y proteger las vides del exceso de agua.  

Las plantas están despertando y necesitan el agua para brotar. Pero si lloviera en demasía, la humedad acompañada de las tibias temperaturas de esta época favorecería la aparición de hongos como la botrytis, el mildiu y el oidio.  

Además, demasiada lluvia puede generar un crecimiento excesivo de la vid, lo que se traduce en una mayor producción pero de menor calidad. Por si fuera poco, un problema añadido es que el suelo puede anegarse y la planta llegaría a ahogarse.  

Como en casi todo, la virtud está en el justo medio. Tan malo como un diluvio en primavera es que no llueva nada. Como consecuencia del cambio climático, las temperaturas son cada vez más altas, y si no cae ni una gota la vid puede peligrar. En este caso se deberán implementar sistemas de riego. 

“Aguas en San Juan quitan vino y no dan pan” 

A finales de junio, por San Juan, los incipientes racimos se encuentran ya cuajados de pequeños granos aún verdes. Pero, ojo, esta es una época en la que las tormentas suelen ser habituales. Si llueve torrencialmente o graniza sobre estos frutos neonatos, la cosecha puede arruinarse por completo.  

“Agua por la Virgen de agosto, año de mosto” 

El viñedo agradece días de lluvia en verano. Las tormentas estivales suelen ser cortas y, aunque pueden descargar mucha agua, duran poco en general. El viento seco y las altas temperaturas hacen que no se acumule la humedad y, por tanto, que las uvas se mantengan libres de hongos. 

El agua en plena canícula, por tanto, garantiza la nutrición de la planta y asegura una buena maduración de la uva. 

“Agua por San Mateo, puercas vendimias y gordos borregos” 

En la fase final de maduración de las uvas, a finales de septiembre o principios de octubre, no es bueno que llueva. Por San Mateo (el 21 de septiembre), “puercas vendimias”, sostiene el refrán. ¿Y por qué? Porque la humedad durante la recogida favorece la aparición de enfermedades fúngicas y la podredumbre de los racimos.  

Por si fuera poco, el fruto ya maduro engorda por exceso de líquido, lo que diluye la concentración de azúcares con la consiguiente pérdida de calidad. 

A partir de la recogida y hasta que la planta comience de nuevo a despertar al inicio de la primavera, la lluvia que caiga sobre el viñedo lo revitalizará y evitará su déficit hídrico.  

Por tanto, para que llueva a gusto de todos —los viticultores— debe hacerlo en los momentos adecuados y en su justa cantidad.  

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