La influencia de la sequía en los viñedos
La evidencia está ahí y cada vez son menos quienes lo niegan: la sequía en los viñedos es otro de los efectos del ya incuestionable cambio climático. De hecho, las acciones que está promoviendo en cada vez más bodegas acreditan esa relación sequía-cambio climático.
Uno de los efectos es que las bodegas intentan trabajar con variedades de uva más resistentes a la sequía: esas que necesitan menos agua, aparte de aguantar mejor el clima seco y cálido. Otra consecuencia es la búsqueda o plantación de viñedos en altura, donde ese calor se reduce.
La sequía en los viñedos es una realidad y motivo también por el que se buscan suelos que retengan mejor el agua cuando llueve. La textura y estructura del suelo son cruciales para la retención de agua. Evidentemente, no todas las variedades se entienden con cualquier tipo de terreno: depende de las necesidades que cada uva tiene.
Por otro lado, la sequía lleva implícita una reducción de la producción de las plantas. Así, la escasez de precipitaciones y las temperaturas elevadas pueden afectar negativamente a la producción de uva, y, como consecuencia, a la calidad de los vinos.
La falta de agua afecta a la viña en diferentes etapas de su ciclo vegetativo. Provoca una disminución del crecimiento de los brotes y que las hojas sean menos y más pequeñas, a lo que sigue la obtención de unas bayas de menor tamaño.
Enfrentar la sequía
Son muchos los enólogos y bodegueros que coinciden en que plantar variedades locales es eficaz contra la sequía. Al estar más adaptadas al medio, las uvas autóctonas pueden vivir con menos agua. A esta solución se añade también la incorporación de variedades más resistentes a las condiciones extremas, en sustitución de otras que, en pocos años, tal vez podrían desaparecen. Suma después la apuesta por castas de ciclo más largo y portainjertos que aguanten mejor el calor y la sequía. Sin olvidar -quien pueda- el traslado de las plantaciones a zonas donde la falta de lluvia no sea un problema.
En cualquier caso, ninguna de estas medidas será suficiente si, como la comunidad científica ya señala, se supera el umbral de calentamiento de 1,5 ºC. Es entonces cuando sufriremos una serie de fenómenos meteorológicos extremos frente a los que no se manejan soluciones por ahora.
La realidad es que los patrones de precipitación y sequías severas ya amenazan la producción vitivinícola. Y aunque los viñedos, a priori, son resistentes a la sequía, el déficit hídrico se produce cuando la demanda de evapotranspiración supera la capacidad de la planta para conseguir agua del suelo.
La vid, una planta resistente que puede darse en secano
La vid se muestra muy resistente a largos periodos de sequía. Se estima que la viña requiere unos 280-300 litros de agua para un kilo de uva, bastante menos que los necesarios para otro tipo de cultivos. Además, el sistema radicular que caracteriza a la vid profundiza en el suelo buscando el alimento necesario, con un importante poder de succión de sus raíces. Estas características contribuyen a que el cultivo de la vid pueda darse en secano, con nimias precipitaciones y soportando temperaturas extremas en verano superiores a 40º C. Aunque este escenario lleva consigo bajas producciones.
En muchas ocasiones, los viticultores hablan de los beneficios de un estrés hídrico temporal como un factor de mejora de la calidad de la vendimia. Pero si la sequía es prolongada, influye de manera negativa en la planta al provocar una deficiente maduración.
En la pasada cosecha, la de 2023, la sequía afectó gravemente a la producción vitivinícola en España, con una reducción del 25% de la producción.
En definitiva, para paliar estos efectos será necesario que los agricultores se adapten a la situación provocada por el cambio climático y la escasez de precipitaciones con medidas que ya se van apuntando, el uso de riegos eficientes o la implantación sistemas de captación y almacenamiento de agua. El tiempo dirá y condicionará.